viernes, 5 de mayo de 2017

Allí donde estés

Ya te bañaste, te fregaste bien la mugre con la esponja. Un buen rato estuviste bajo el agua caliente, con el chorro de agua percutiendo tu cara. Ya te vestiste, te pusiste la ropa nueva que te dejó tu mujer sobre la cama antes de irse. Te saludó cuando ya estabas en la ducha; tuvo la discreción de dejarte solo, de venir a controlar que todo estuviera en orden, que la mucama haya dejado en condiciones la casa, habitable de nuevo. Tu mujer tuvo a bien pedirle a la mucama que siguiera viniendo estos años que no estuviste. Había que mantener la casa limpia y ordenada, que a vos te gusta así, aunque no estés. Tu mujer, pensás y sonreís, ahora, mientras hacés girar el hielo del whisky en el vaso de boca ancha, con el fondo de Carmina Burana sonando al aire, ya no en los auriculares como hasta ayer. Tu mujer, pensás, que ya no es tal o sí, lo sigue siendo pero en otra casa. Porque ella sigue ocupándose de tu casa y tu vida, como todos estos años que no estuviste; hasta hoy mismo que tuvo el gesto de dejarte ropa nueva y despedirse mientras te duchabas, sin ser indiscreta, sin molestar.
Ya te acostaste en tu cama esta tarde, el mejor reencuentro de todos, sin dudas. Te dejaste envolver en una siesta mullida y con el olor a tu casa, ése que tus sábanas guardan siempre, aunque no estés. Pero ahora estás.
Te sentás a degustar el whisky, a sentir el líquido caliente resbalando por las paredes de tu garganta, conservando el calor, como un vapor subiendo a la cabeza. Nunca debiste haberte ido de este lado del mundo, pensás. Debiste permanecer aquí, donde te correspondía. No estás destinado a calabozos, esos eran lugares para otros. Ellos eran los encerrados, los que sudaban miedo, emanaban sangre y destilaban secreciones, podredumbres de sus heridas. Flojos, débiles que no soportaban el dolor, carentes de aplomo, mercachifles. Estaban los otros también, los que se creían rebeldes, revolucionarios; los que ofrecían resistencia hasta el último momento, pobres idiotas, al pedo, tanta revolución para morirse a fin de cuentas.
A vos te corresponde el privilegio, pensás, el lado del vértigo, la adrenalina, el goce de la mano que inflige, que decide destinos, que tortura y que mata. Como un dios, pensás. Para eso fuiste formado.
Para los otros no hubo adrenalina, no merecían el vértigo. Ese era un placer que les era vedado. Sobre todo en el momento de los vuelos. Se les olía el terror desde kilómetros, se les adivinaba el miedo. Animales enjaulados, bestias sin civilización ni disciplina.
Había que ponerlos en su lugar, exterminarlos.
Ahora vos volvés a tu lugar, y el trago te confirma el alivio. Te olés la ropa nueva; ya tendrá el aroma tuyo, el propio, pensás. Te viene a la memoria el tufo aquel, el de los encerrados: una mezcla fétida, indiscriminada. Sangre, pis, mierda, sudor, vómitos. La saliva pastosa se les acumulaba en la boca y se les escapaba por las comisuras. Te daba asco y por eso nunca los mirabas cuando hablaban. Te bancabas verlos aullar en las torturas pero verles la saliva en la boca cuando hablaban, no. Eso, eso en particular te daba asco.
Te preguntás si vos también tuviste esa masa uniforme de olor cuando estabas encerrado. Si la tendrás ahora que saliste, si en tu casa se te irá. El olor a cuerpo preso, un cuerpo detenido.
Te consolás, no vas a tenerlo si es que todavía persiste en tus poros. Ahora estás en tu casa, con tus jabones y tus colonias. Con tus sábanas, tus toallas, tus pañuelos. La historia te concede una revancha.
No te importa que vengan a joderte ni los zurdos, ni las viejas locas ni los políticos. Ni que te vengan a romper las pelotas con lo de aquel otro que desapareció. Hasta te parece que de acá a que te mueras vas a poder permanecer de este lado, tu casa, donde te corresponde estar por mérito patriótico.
Volviste a ganar, esta batalla al menos. La vida te dio una tregua, pensás, a tanto encierro insano. Corrés con la ventaja de disfrutar de la vida, de las comodidades de tu hogar. La ropa limpia, la comida casera, el whisky, la música en los altoparlantes, la intimidad, tu médico personal. Ya vas a planear alguna salida en unos meses, cuando se vuelvan a olvidar de vos, escondido detrás de los vidrios espejados del auto de algún amigo. Al campo, a la playa, a cualquier lado, quién lo va a notar. Nadie va a venir a decirte a vos la clase de vida que te corresponde. Justo a vos que diste todo por la patria, por el honor, la decencia, el amor a dios y la familia, el orden. Para vos son las medallas y los honores, no una celda mugrienta y olorosa, no un baño compartido con delincuentes, chorritos de morondanga, imbéciles fracasados, resentidos sociales.
La historia te está reconociendo tu labor, pensás, por eso que ahora volvés a tu casa, de donde nunca debiste haber salido.
Pensás que ahora vas a estar en paz.
Y de verdad creés que va a ser así, que te van a olvidar, que vas a gozar del beneficio de la indiferencia para hacer lo que te dé la gana.
Hay una voz que creés que no escuchás pero suena. Para vos es un murmullo, un ruido de fondo, una interferencia. Vos cerrás las ventanas, te ponés tu música pero ahí afuera, la voz permanece, suena y dice. Dice que puede ser que sí, que hoy estés en tu casa, que puedas gozar del privilegio de una cotidianidad cómoda y relajada. La voz no se calla y el grito se va a colar por las hendijas de la vigilia, en el silencio de algún insomnio inevitable. La voz parece una pero son muchas voces. Te va a gritar que no pudiste desaparecer, arrasar ni asesinar memorias, te va a advertir que quedamos miles de voces todavía y siempre, que no te vamos a conceder la indiferencia ni el olvido ni el perdón.
Esa voz, que son muchas, que es nuestra, va a volver, cada vez, y ahí, en tu casa o donde estés, te va a alcanzar.

sábado, 4 de febrero de 2017

Loli

Llegó a Santaclarina, una tarde de verano, justo a la hora que antecede a la noche; cuando los viejos se sientan en la vereda a tomar fresco, las mujeres salen a comprar para la cena y los jóvenes se muestran.
Fue imposible que pasara desapercibido. Todos pudieron ver desplazar su humanidad, por primera vez, a través de la tintura roja del sol sobre las calles del pueblo. Su altura de apolo recortada en la luz, la escultura robusta de su torso, las piernas fuertes, las manos grandes, el pelo acariciando sus hombros y un inconfundible y definitivo vaivén de caderas. Todos pudieron verlo sin poder, sin querer resistirse al asombro.
—Soy Loli, llegué. ¿Me esperabas?—increpó en la puerta, tras dos timbres cortos a Marité que sí lo estaba esperando.
—Claro, Teresa me dijo que llegarías a esta hora. Perdón, yo soy Marité, un gusto—Loli la abrazó y lo que en un primer momento Marité interpretó como ansiedad, el tiempo le ayudaría a entender que así era la efusividad natural del joven.
Luego del abrazo presentador, la anfitriona le mostró la casa al recién llegado, la habitación que ocuparía y su futuro lugar de trabajo. La zapatería era pequeña pero tenía ejemplares que no se conseguían en otros locales del ramo en Santaclarina. La clientela aumentaba.
En uno de sus viajes de compras mayoristas, Teresa, amiga de infancia de Marité, le había hablado de Loli.
—Mirá, es un muchacho encantador, lo conozco de chiquito. Está buscando trabajo, en realidad, está intentando dejar uno que no le hace bien, en un boliche. No quiere continuar ahí, es muy sano, muy trabajador, no quiere vivir de noche y dormir de día. Una vida normal, como todo el mundo. Yo creo que en la zapatería te ayudaría mucho. Además de hacerte compañía, no sé cómo te bancás ese pueblo, Mari. Vos no tenés cabeza para vivir ahí.
No hizo falta convencerla. Aceptó sin muchos miramientos, si venía recomendado así, no hacía falta más. Luego de acordar con Teresa algunos detalles, quedaron en el día y la hora en que Loli se presentaría en su casa.
Esa noche, la estrenada convivencia terminó de asentar su confianza.
Loli y Marité conversaron como si hubieran sido dos náufragos en la isla perdida de Santaclarina. Descubrieron afinidades, similitudes y se identificaron uno en la soledad del otro. Ella era la única separada del pueblo y llevaba ese ridículo trofeo como mejor podía. No tenía amigas, las mujeres la consideraban una amenaza a sus prolijas armonías conyugales. A Marité tampoco le interesaba ese tipo de frivolidades. Con venderle sus zapatos, le bastaba y le sobraba.
No faltó mucho para que en el pueblo se corriera la voz de la llegada del forastero: horas.
De todas formas, las evidencias habrían llegado, tarde o temprano. Cada vez que salía a la calle, Loli desplegaba la contradicción entre la genética y la libertad. Todo él, toda su apronta, todo su derroche de femineidad hecha hombre, provocaban al equilibrio de la sólida estructura de valores de la sociedad pueblerina.
Loli se convirtió en el único ser en el entorno de Marité, con quien podía compartir su mirada de la vida. La carcajada se volvió tradición en la casa. Como toda diversión, pasaban las noches escuchando compactos de Charles Aznavour y tomando licor de café o cerveza, según propiciara el clima. Y riendo.
Las vecinas añosas fabricaban todo tipo de intrigas alrededor de las sonoras risas que provenían de allí, pero ninguna se atrevía a confesarlas, tan oscuras serían.
Las clientas de la zapatería aceptaban condescendientes la atención del joven pero no disimulaban su preferencia por Marité. Él lo notaba y se esforzaba por ser amable y solícito. Al final, se acomodaba a las circunstancias por el bien del negocio y su amiga.
Una tarde se presentó a comprar la esposa del intendente, clienta desde hacía mucho tiempo. Pero Marité había ido a la cocina a preparar el mate. La señora estaba apurada y no quiso esperar, estaba antojadísima de las sandalias atigradas de la vidriera. Se sentó en la banqueta y esperó a que Loli le trajera el par solicitado. Una de las tiras se resistía a ser acomodada. El joven se agachó y con delicadeza sincera, tomó el pie de la clienta entre sus manos, ofreciéndose a ubicarla en su lugar. La mujer se estremeció ante el contacto. Sonrojada, observó desde la altura de su vista, como un vigía, la espalda fibrosa, los brazos contorneados, todo ese cuerpo postrado ante sí como una ofrenda, como un esclavo. Sintió que la recorría algo lejano y a la vez conocido, que partía de la piel de su pie hacia su cuerpo entero y se extendía hasta alguna región atrofiada de su mente.
Marité volvió a la zapatería con el mate. La mujer del intendente se puso de pie, como descubierta en su pensamiento y, abochornada, se apuró a pagar.
Dos días después, un “puto” de aerosol ensuciaba la pared frente a la zapatería. Lo que Marité pensó, no se lo dijo a Loli. Con pintura blanca intentó borrar la inscripción y evitarle a su amigo la angustia, pero no pudo.
—Está profanando la casa del señor, si es tan amable, puede retirarse. El rezo es igual de benefactor desde su casa—invitó el cura párroco, la tarde en que Loli quiso ir a la iglesia, en el octavo aniversario de la muerte de su madre. Lo miró incrédulo y suplicante pero la sonrisa de santo de utilería que esbozó el religioso, fue suficiente para que el muchacho saliera llorando injusticia.
El paso del tiempo agudizó el aislamiento de Marité y Loli. Ellos se sentían acompañados pero les resultaba difícil salir del vientre de la casa y la zapatería sin sentir que todo les resultaba hostil.
La noche que encontraron a Loli muerto de un balazo en la cabeza, tirado al costado de la ruta, Marité no había podido volver a horario de su compra mayorista en la ciudad; se lo había impedido un retraso en el servicio de ómnibus. Llegó de madrugada y no tuvo dudas de que algo irreversible había ocurrido cuando no encontró al muchacho en su casa. Ni una nota, ni un aviso.
—No se asombre, señora. Ya sabemos cómo terminan los raritos—sentenció el comisario, al tiempo en que compartía una sonrisa con el cabo.
Nadie reclamó, Loli no tenía familia y Marité conocía el material con que estaba edificada la sólida estructura de valores de la impoluta sociedad de Santaclarina.
Vendió todos los zapatos que quedaban. Juntó todas sus cosas, el cofre con las cenizas de Loli y se fue.
Y así fue como, desandando el camino de su compañero, Marité llegó una tarde a la casa de su amiga Teresa. Más cobarde, más desolada, más perdida que Loli, pero con el mismo propósito: una vida normal, como todo el mundo.

viernes, 16 de diciembre de 2016

LCDTM o cómo puteamos


¿Cómo insultamos los argentinos?
Va de nuevo, ¿cómo puteamos los argentinos? ¿Qué términos elegimos para agredir? ¿A qué nos referimos? ¿Nos da lo mismo una palabra u otra?
Somos mundialmente conocidos por el uso y abuso del boludo, derivado y transformación del che, sin embargo, fronteras adentro, ya no nos resulta demasiado efectivo el vocablo y preferimos otros, más adecuados.

Los argentinos puteamos con contundencia, con sonoridad. Chasqueamos, frotamos, raspamos, explotamos. Puteamos como somos: ruidosos.
Todos recordamos el discurso de Fontanarrosa en el Tercer Congreso Internacional de la Lengua Española, en el 2004, en Rosario. Entre otras genialidades, Fontanarrosa sostenía que el secreto y la fuerza de la palabra pelotudo radicaba en el fonema t. Es sabido que la palabra boludo hace rato ha dejado de tener un efecto insultante. Me pregunto si esa sedosidad en su pronunciación habrá influido.

Las malas palabras y los insultos que usamos son escandalosos, audibles, es inevitable percibirlos en toda su resonancia. Pareciera que para insultar nos apoyamos en ciertos sonidos: la p y la t en pelotudo, la r y la t en orto (¿qué fue lo que hizo que orto superara a culo?, abro aquí un debate filológico), la ch en concha; la j, la p y la t en hijo de puta, la t en sorete, la r en mierda, la f y la rr en forro y así. La teoría fontanarrosesca se afianza. No han tenido demasiado éxito zonzo, bobo. No alcanzó la p para pavo y la combinatoria de m y b le dieron algo más de estatuto a imbécil. Personalmente, me gusta mucho cómo suena turro/a. Es un festival de ruidos y además, es lunfardo, mucho más efectivo a la hora del agravio. Garcha también ofrece un lindo espectro fonético.
La lengua es un puño, una navaja, una pistola y no sólo vale la semántica sino también el ruido seco de los nudillos impactando en la mandíbula, el crujido de la carne que desgarra, el estallido de la bala. El insulto tiene que doler pero también, y es fundamental, tiene que sonar. Lo tiene que escuchar el receptor y debe suponer cierto goce de quien lo pronuncia. No podemos negar que somos sádicos lingüísticos. Y, de última, si no logramos la agresión, al menos buscamos divertirnos en la pronunciación de una combinatoria fonética simpática.

Hijo de puta ha sido y es, tal vez, el más generalizado y globalizado de los insultos. Sin dudas, la fricatividad de la j, y la explosión de la t y la p lo hacen tan propicio para el escarnio. De hecho, el término putear nos remite directamente a este epíteto.
Qué decimos cuando le decimos a alguien hijo de puta. Es paradójico: hoy en día se cuestiona el uso del término puta para denostar a una mujer, el feminismo ha hecho mucho en este sentido y le estamos agradecidos. También hay nuevos planteos respecto del ejercicio de la prostitución. ¿Las putas, usan el hijo de puta?
Claro que no podemos detenernos antes de putear, la bronca, la necesidad de ataque o de defensa, el descontrol nos gana la posibilidad de capitalizar razonamientos anteriores. A la hora de maldecir, no hay tiempo ni razones y tenemos que apelar a el primer recurso que tengamos a mano y a lengua.  Pensar y putear no son compatibles, al menos de manera simultánea.
Algo similar ocurre con los insultos que refieren a variantes en identidad sexual y de género: puto, torta, gay, trava. Se los utiliza para insultar, se los considera agraviantes en sí mismos.
Y seguimos sumando incoherencias cuando observamos a una gran cantidad de personas que usan el mogólico para agredir verbalmente. No nos asombra, al fin, todo lo diferente es material para la injuria porque sabemos que debemos ser iguales a la norma para no ser atacados. Puteamos como somos: discriminadores.

La concha lidera todos los rankings. Algo nos pasa a los argentinos con el órgano sexual femenino y algo, muy diferente, con el masculino. No hay “la pija de tu padre” ni “la verga de tu hermano”. En otros países se menta a la madre. ¿Es una cuestión latinoamericana? ¿O es un fenómeno mundial? La madre se erige como el blanco a disparar, el mismísimo centro de todo lo atacable; preferido incluso al propio injuriado porque son más los hijos e hijas de puta que los sucios, brutos, ignorantes, atorrantes, ladrones. La madre es la imagen misma de la entrega, la devoción. Y lo más vulnerable al ataque. Tu madre es santa o es puta. No hay término medio ni dosificación ni matices ni escalas.
La más moderna variante para este tipo de injuria nació en twitter y prendió en ámbitos adolescentes y jóvenes: tu vieja en tanga, aunque supone un registro más jocoso que agresivo, más de complicidad, de código. Más bardero que otra cosa.

La concha de tu hermana va segunda en el podio cuando se trata de acudir a la concha, otra vez.
Extraño es el fenómeno de mentar la propia familia: la concha de mi madre o de mi hermana. Es evidente que no importa el aludido; si es efectivo, se putea.
Y más atrás vienen la concha del pato, del mono, del loro. A pesar de referirnos especímenes animales machos, el órgano sexual difamable es el femenino por excelencia o por default.

La concha de Dios ofrece un híbrido interesante que cruza lo religioso, lo hereje y una idea algo traslúcida de la posibilidad de Dios mujer. ¿Es una confirmación de esta teoría o es precisamente lo absurdo del planteo lo que destierra cualquier posibilidad de análisis racional?

Todo un apartado merecen los insultos que se valen de imágenes relacionadas con las heces: mierda, sorete, y me cago. Me cago en dios, escuchada con frecuencia, es una variante que condensa tendencias: lo escatológico se vuelve blasfemo cuando se lo enlaza a lo religioso. Los dioses pueblan nuestros improperios. Quizás tengamos cierta tendencia a naturalizarlos, volverlos terrenos, posibles de ser alcanzados por nuestras ofensas o, todo lo contrario, estamos tan enojados con lo fallido de sus creaciones que canalizamos así nuestra furia contra ellos.

Para enfatizar aún más las puteadas, porque hay ocasiones en que no alcanzan por sí solas, nos valemos de reforzadores: hijo de una gran puta, la reconcha de tu madre o la recalcada concha de tu madre, andate a la reputa madre que te remil parió.
Sorete mal cagado puede ser, tal vez, un pleonasmo fecal.
Hay combinaciones interesantes: me cago en la puta madre, por ejemplo, o pelotudo del orto o sorete mal parido.

En el norte utilizan el culiau o culiao. Menos consonántico, más vocálico, con matices melódicos diferentes. Tal vez, los ritmos más pausados de la vida en la provincia, los escenarios más quietos o silentes, acallen las consonantes y refuercen las vocales. ¿Quién lo sabe?

Existen variantes dentro de una misma categoría. Para el órgano sexual masculino: pija, verga, chota.  Para el órgano sexual femenino: concha, cajeta, argolla. Para las heces: mierda, sorete, sorongo, sorullo. Más o menos eufemísticos, más o menos imaginativos, más o menos figurativos. Distintas maneras de nombrar lo que no siempre se puede nombrar y, entonces, se rodea.

Varios insultos han perdido su condición agresiva con el paso del tiempo y trocaron en halagos y giros afectivos. Cuando tenemos que destacar una hazaña o reconocer un logro, el aludido en cuestión es un hijo de puta y se lleva nuestro aplauso. Entre compañeros, el boludo equivale a la inclusión, pertenencia e identificación a un grupo social.

Los argentinos somos muy creativos para hablar, en general y para putear, en particular. Constantemente nuestro lenguaje agraviante muta, se enriquece y neutraliza algunos términos mientras incorpora nuevos. Nuevas generaciones actualizan el uso del insulto aún cuando un núcleo básico se mantiene a través del tiempo y nos confiere identidad. ¿Cómo estará conformado nuestro léxico de insultos en el mañana? Estaremos atentos si antes no nos cagamos muriendo.


domingo, 6 de marzo de 2016

Escribir(nos)

Una nota de Daniel Gigena en La Nación, sobre voces de mujeres en la literatura argentina actual en la que tengo el orgullo de ser mencionada:

http://www.lanacion.com.ar/1876519-mujeres-que-se-escriben

domingo, 14 de febrero de 2016

Escenas veraniegas de la vida familiar

El Sr. Xy llega, apoya la heladerita en la arena, clava la sombrilla y se va en dirección al mar. Se moja los pies, junta coraje y venciendo la temperatura fría del agua, va enfrentando una a una las olas hasta zambullirse por completo.
Ahora decide salir y emprende el camino de regreso, ejerciendo una leve resistencia a la presión del mar al replegarse.
Bajo la sombrilla ya está instalada su esposa, la Sra. Xx, terminando de poner el protector a cada zona de piel vulnerable al sol de cada uno de sus tres hijos. Cuando termina esta tarea y los chicos se disponen a jugar, ella se dedica a armar la mesa plegable, sacar de la heladerita los menesteres y preparar los sándwiches que conformarán el almuerzo programado para ese mediodía playero. Extrae del paquete la calculada cantidad de veintiséis rodajas de pan lactal, en función de la suma de lo que cada miembro familiar acostumbra a comer. Las unta con mayonesa e intercepta, entre cada par de rodajas, fetas de jamón y queso, proporcionándolas según las preferencias de los comensales. Luego dispone en la mesa los vasos, las servilletas y las bebidas.
Mientras todo esto ocurre, a escaso metro y medio de la sombrilla, el Sr. Xy sentado en la reposera, lee el diario bajo el sol. Solo interrumpe su lectura cuando la Sra. Xx le avisa que está listo el almuerzo.
Todos comen en armonía. Luego de los sándwiches, la Sra. Xx les reparte una fruta a cada uno y comienza a retirar las cosas de la mesita. El Sr. Xy engulle un durazno y juega con el carozo dentro de la boca.
Dos hombres de una sombrilla vecina invitan al Sr. Xy a un partido de tejo
– Me voy a jugar con los vecinos, estoy allá, fijate – le avisa a la Sra. Xx quien continúa acomodando el desorden del almuerzo.
Veinte minutos después, la Sra. se sienta en su reposera, mirando atenta las corridas de sus hijos, vigilando sus entradas al mar, calculando riesgos de profundidades y olas peligrosas.
El Sr. Xy llega dos horas más tarde y, tras comentar su cansancio, despliega una lona bajo la sombrilla. Instantáneamente, se duerme durante una hora. Al despertar, pregunta solícito:
– ¿Hacés mate?
La Sra. Xx busca la canasta y prepara lo necesario, sin dejar de vigilar a los chicos que van y vienen del agua a la sombrilla y viceversa.

No hay mucha más variante en los quince días que la familia ha tomado de vacaciones. Las jornadas se suceden en estos términos.
Los chicos son quienes más disfrutan, hacen lo que quieren, cuando quieren y como quieren, piden y se les da.
El Sr. Xy mira culos en la playa, lee el diario, juega al tejo con los vecinos, toma mate, come churros. De vez en cuando se acuerda de alguna mujer que alguna vez le alborotó la respiración, pero rápidamente abandona ese pensamiento que obstaculiza toda la filosofía de superación y felicidad momentánea con la que se autoconvenció hace ya muchos años.
La Sra. Xx arma y desarma almuerzos y cenas, barre la arena que se desparrama en el dúplex de alquiler, tiende las camas, lava los platos y toma sol de rebote mientras relojea a los chicos. No se acuerda de nadie en especial porque se autoconvenció hace ya muchos años que el Sr. Xy fue el único que, en una época, le alborotó la respiración.
Cada uno cumple, más o menos, el rol que le fue asignado, tanto en la salud como en la enfermedad, en la urbanidad como en la ruralidad, en la riqueza como en la pobreza, en el mar como en la montaña.
Ya no hasta que la muerte los separe, sino hasta que tanta unión termine por matarlos.

martes, 9 de febrero de 2016

Crónica de un fracaso anunciado

                                                     


¿Cómo se le dice? Ah, sí, una profecía autocumplida. Eso fue.
Nunca tuve un espíritu deportivo. Mis dos mayores logros fueron ser elegida como defensa de pelota al cesto, en sexto grado de la primaria, en un único torneo entre escuelas y el elogio de mi profe de natación: “sos una buena pechista”, aunque jamás aprendí el estilo mariposa, en espalda era un queso y en crol, mediocre.
Pero las crisis no pasan porque sí y el año pasado me propuse salir a correr.
Estimulada por las fotos de amigos, conocidos e ignotos en Facebook, viendo la proliferación de carreras, una mañana, bien temprano, cuando mis hijas ya habían salido para la escuela, rompí con la inercia procastinadora y me fui a la Plaza Rivadavia.
Empecé caminando, soy conciente de mis limitaciones. Ese primer día fue un éxito: alcancé a correr dos cuadras. Para mí, eso fue como haber escalado el Everest.
Las dos semanas siguientes fueron una cosecha de éxitos. Había logrado salir tres veces en cada semana y alternar caminata y corrida a razón de 2/4: cada cuatro cuadras caminadas, dos eran corridas. Durante 45 minutos. Sabía que no era lo ideal pero me sentía en carrera, precisamente.
Me compré un corpiño deportivo, empecé a investigar en internet y a intercambiar consejos y opiniones con corredores amateurs. Me bajé una aplicación al celular y música acorde al mp3. Le encargué zapatillas “de running” a mi hermana, en el exterior están más baratas. Mis hijas me regalaron una calza y una campera deportiva para mi cumpleaños.
La tercera semana no trajo buenos augurios. En el entusiasmo me extralimité y aumenté el desafío. Llegué a correr dos cuadras cada tres caminadas y durante una hora. Al otro día no me podía mover. Cada movimiento se volvió una tortura, hasta los más simples.
Esperé cuatro días y, creyéndome recuperada, volví a la plaza. Duré diez minutos. Mis piernas no respondían, era un mamut en una playa de arena seca. Me volví a mi casa. Dos días después, lo intenté por última vez. Si bien la pesadez no era tan notoria, no estaba disfrutando ni siquiera del aire fresco de la mañana.
Y después, ya no volví a ir.
Ahora me consuelo con la llegada del otoño, que con mejor clima va a ser mejor. Me autoengaño, me digo que una vez establecida mi rutina, definitivamente, mis horarios y actividades cotidianas, todo va a resultarme más fácil, más propicio.
En el fondo sé que no es más que otra postergación, una más para evitar verle la cara al fracaso.

domingo, 7 de febrero de 2016

Empezar un texto diciendo que desde chica no me gustan los carnavales es apelar a un lugar común. Sin embargo, me pareció la manera más sensata de empezar.
Mi disgusto tiene su origen en mi pueblo y en la infancia. Íbamos a la calle principal a ver pasar a las comparsas. Me gustaban el desfile de carrozas y los bailes. No recuerdo con nitidez si nos disfrazábamos; quizás sí, el eco borroso de mi memoria me indica que tal vez en los primeros años.
La parte odiosa venía con la espuma. Los varones nos corrían, nos atrapaban y nos llenaban la cara de espuma. Tengo la imagen de aquel que quizás haya sido el último carnaval en Gálvez al que asistí: volviendo sola a mi casa, los ojos rojos, llorando irritación y bronca, jurando no volver a pisar un corso así fuese la última fiesta en la historia de la humanidad.
Otra historia, y la misma, eran las bombitas. No me molestaba que me mojaran pero el carnaval se convertía en una caza. Siempre eran los varones que nos perseguían a las chicas y nos arrojaban globos de agua. De agua, de barro, de piedritas. Eso dolía mucho, no me divertía.
En Rosario, ya adolescente, la historia se repetía con el agregado de la gravedad: nos tiraban las bombitas de agua desde las terrazas de los edificios. Qué importaba el agua si lo que realmente dolía era el impacto.
Durante años, evité salir a la calle durante el mes de febrero.
“La rueda de la vida, gira”. Ese gesto fóbico se repite en mí, cada año, cuando mis hijas me piden que las acompañe a calle Rivadavia, las noches de corso. En mi barrio no hay desfiles, ni carrozas, ni comparsas ni disfraces. Sólo hay alguna que otra murga y una bandada de pibes. Una guerra de géneros se libra. Los varones tratan de mostrar su supremacía persiguiendo a las chicas, bañándolas en espuma. Ellas resisten y redoblan la persecución. Yo, cada tanto, ligo de rebote una lluvia de esa espuma espesa y odiosa , siempre por estar cerca del blanco elegido. Entonces, puteo y me acuerdo de aquella promesa que la maternidad me obligó a traicionar.
Debe ser por eso que tampoco me gusta febrero, ni los años bisiestos.