viernes, 16 de diciembre de 2016

LCDTM o cómo puteamos


¿Cómo insultamos los argentinos?
Va de nuevo, ¿cómo puteamos los argentinos? ¿Qué términos elegimos para agredir? ¿A qué nos referimos? ¿Nos da lo mismo una palabra u otra?
Somos mundialmente conocidos por el uso y abuso del boludo, derivado y transformación del che, sin embargo, fronteras adentro, ya no nos resulta demasiado efectivo el vocablo y preferimos otros, más adecuados.

Los argentinos puteamos con contundencia, con sonoridad. Chasqueamos, frotamos, raspamos, explotamos. Puteamos como somos: ruidosos.
Todos recordamos el discurso de Fontanarrosa en el Tercer Congreso Internacional de la Lengua Española, en el 2004, en Rosario. Entre otras genialidades, Fontanarrosa sostenía que el secreto y la fuerza de la palabra pelotudo radicaba en el fonema t. Es sabido que la palabra boludo hace rato ha dejado de tener un efecto insultante. Me pregunto si esa sedosidad en su pronunciación habrá influido.

Las malas palabras y los insultos que usamos son escandalosos, audibles, es inevitable percibirlos en toda su resonancia. Pareciera que para insultar nos apoyamos en ciertos sonidos: la p y la t en pelotudo, la r y la t en orto (¿qué fue lo que hizo que orto superara a culo?, abro aquí un debate filológico), la ch en concha; la j, la p y la t en hijo de puta, la t en sorete, la r en mierda, la f y la rr en forro y así. La teoría fontanarrosesca se afianza. No han tenido demasiado éxito zonzo, bobo. No alcanzó la p para pavo y la combinatoria de m y b le dieron algo más de estatuto a imbécil. Personalmente, me gusta mucho cómo suena turro/a. Es un festival de ruidos y además, es lunfardo, mucho más efectivo a la hora del agravio. Garcha también ofrece un lindo espectro fonético.
La lengua es un puño, una navaja, una pistola y no sólo vale la semántica sino también el ruido seco de los nudillos impactando en la mandíbula, el crujido de la carne que desgarra, el estallido de la bala. El insulto tiene que doler pero también, y es fundamental, tiene que sonar. Lo tiene que escuchar el receptor y debe suponer cierto goce de quien lo pronuncia. No podemos negar que somos sádicos lingüísticos. Y, de última, si no logramos la agresión, al menos buscamos divertirnos en la pronunciación de una combinatoria fonética simpática.

Hijo de puta ha sido y es, tal vez, el más generalizado y globalizado de los insultos. Sin dudas, la fricatividad de la j, y la explosión de la t y la p lo hacen tan propicio para el escarnio. De hecho, el término putear nos remite directamente a este epíteto.
Qué decimos cuando le decimos a alguien hijo de puta. Es paradójico: hoy en día se cuestiona el uso del término puta para denostar a una mujer, el feminismo ha hecho mucho en este sentido y le estamos agradecidos. También hay nuevos planteos respecto del ejercicio de la prostitución. ¿Las putas, usan el hijo de puta?
Claro que no podemos detenernos antes de putear, la bronca, la necesidad de ataque o de defensa, el descontrol nos gana la posibilidad de capitalizar razonamientos anteriores. A la hora de maldecir, no hay tiempo ni razones y tenemos que apelar a el primer recurso que tengamos a mano y a lengua.  Pensar y putear no son compatibles, al menos de manera simultánea.
Algo similar ocurre con los insultos que refieren a variantes en identidad sexual y de género: puto, torta, gay, trava. Se los utiliza para insultar, se los considera agraviantes en sí mismos.
Y seguimos sumando incoherencias cuando observamos a una gran cantidad de personas que usan el mogólico para agredir verbalmente. No nos asombra, al fin, todo lo diferente es material para la injuria porque sabemos que debemos ser iguales a la norma para no ser atacados. Puteamos como somos: discriminadores.

La concha lidera todos los rankings. Algo nos pasa a los argentinos con el órgano sexual femenino y algo, muy diferente, con el masculino. No hay “la pija de tu padre” ni “la verga de tu hermano”. En otros países se menta a la madre. ¿Es una cuestión latinoamericana? ¿O es un fenómeno mundial? La madre se erige como el blanco a disparar, el mismísimo centro de todo lo atacable; preferido incluso al propio injuriado porque son más los hijos e hijas de puta que los sucios, brutos, ignorantes, atorrantes, ladrones. La madre es la imagen misma de la entrega, la devoción. Y lo más vulnerable al ataque. Tu madre es santa o es puta. No hay término medio ni dosificación ni matices ni escalas.
La más moderna variante para este tipo de injuria nació en twitter y prendió en ámbitos adolescentes y jóvenes: tu vieja en tanga, aunque supone un registro más jocoso que agresivo, más de complicidad, de código. Más bardero que otra cosa.

La concha de tu hermana va segunda en el podio cuando se trata de acudir a la concha, otra vez.
Extraño es el fenómeno de mentar la propia familia: la concha de mi madre o de mi hermana. Es evidente que no importa el aludido; si es efectivo, se putea.
Y más atrás vienen la concha del pato, del mono, del loro. A pesar de referirnos especímenes animales machos, el órgano sexual difamable es el femenino por excelencia o por default.

La concha de Dios ofrece un híbrido interesante que cruza lo religioso, lo hereje y una idea algo traslúcida de la posibilidad de Dios mujer. ¿Es una confirmación de esta teoría o es precisamente lo absurdo del planteo lo que destierra cualquier posibilidad de análisis racional?

Todo un apartado merecen los insultos que se valen de imágenes relacionadas con las heces: mierda, sorete, y me cago. Me cago en dios, escuchada con frecuencia, es una variante que condensa tendencias: lo escatológico se vuelve blasfemo cuando se lo enlaza a lo religioso. Los dioses pueblan nuestros improperios. Quizás tengamos cierta tendencia a naturalizarlos, volverlos terrenos, posibles de ser alcanzados por nuestras ofensas o, todo lo contrario, estamos tan enojados con lo fallido de sus creaciones que canalizamos así nuestra furia contra ellos.

Para enfatizar aún más las puteadas, porque hay ocasiones en que no alcanzan por sí solas, nos valemos de reforzadores: hijo de una gran puta, la reconcha de tu madre o la recalcada concha de tu madre, andate a la reputa madre que te remil parió.
Sorete mal cagado puede ser, tal vez, un pleonasmo fecal.
Hay combinaciones interesantes: me cago en la puta madre, por ejemplo, o pelotudo del orto o sorete mal parido.

En el norte utilizan el culiau o culiao. Menos consonántico, más vocálico, con matices melódicos diferentes. Tal vez, los ritmos más pausados de la vida en la provincia, los escenarios más quietos o silentes, acallen las consonantes y refuercen las vocales. ¿Quién lo sabe?

Existen variantes dentro de una misma categoría. Para el órgano sexual masculino: pija, verga, chota.  Para el órgano sexual femenino: concha, cajeta, argolla. Para las heces: mierda, sorete, sorongo, sorullo. Más o menos eufemísticos, más o menos imaginativos, más o menos figurativos. Distintas maneras de nombrar lo que no siempre se puede nombrar y, entonces, se rodea.

Varios insultos han perdido su condición agresiva con el paso del tiempo y trocaron en halagos y giros afectivos. Cuando tenemos que destacar una hazaña o reconocer un logro, el aludido en cuestión es un hijo de puta y se lleva nuestro aplauso. Entre compañeros, el boludo equivale a la inclusión, pertenencia e identificación a un grupo social.

Los argentinos somos muy creativos para hablar, en general y para putear, en particular. Constantemente nuestro lenguaje agraviante muta, se enriquece y neutraliza algunos términos mientras incorpora nuevos. Nuevas generaciones actualizan el uso del insulto aún cuando un núcleo básico se mantiene a través del tiempo y nos confiere identidad. ¿Cómo estará conformado nuestro léxico de insultos en el mañana? Estaremos atentos si antes no nos cagamos muriendo.