domingo, 14 de febrero de 2016

Escenas veraniegas de la vida familiar

El Sr. Xy llega, apoya la heladerita en la arena, clava la sombrilla y se va en dirección al mar. Se moja los pies, junta coraje y venciendo la temperatura fría del agua, va enfrentando una a una las olas hasta zambullirse por completo.
Ahora decide salir y emprende el camino de regreso, ejerciendo una leve resistencia a la presión del mar al replegarse.
Bajo la sombrilla ya está instalada su esposa, la Sra. Xx, terminando de poner el protector a cada zona de piel vulnerable al sol de cada uno de sus tres hijos. Cuando termina esta tarea y los chicos se disponen a jugar, ella se dedica a armar la mesa plegable, sacar de la heladerita los menesteres y preparar los sándwiches que conformarán el almuerzo programado para ese mediodía playero. Extrae del paquete la calculada cantidad de veintiséis rodajas de pan lactal, en función de la suma de lo que cada miembro familiar acostumbra a comer. Las unta con mayonesa e intercepta, entre cada par de rodajas, fetas de jamón y queso, proporcionándolas según las preferencias de los comensales. Luego dispone en la mesa los vasos, las servilletas y las bebidas.
Mientras todo esto ocurre, a escaso metro y medio de la sombrilla, el Sr. Xy sentado en la reposera, lee el diario bajo el sol. Solo interrumpe su lectura cuando la Sra. Xx le avisa que está listo el almuerzo.
Todos comen en armonía. Luego de los sándwiches, la Sra. Xx les reparte una fruta a cada uno y comienza a retirar las cosas de la mesita. El Sr. Xy engulle un durazno y juega con el carozo dentro de la boca.
Dos hombres de una sombrilla vecina invitan al Sr. Xy a un partido de tejo
– Me voy a jugar con los vecinos, estoy allá, fijate – le avisa a la Sra. Xx quien continúa acomodando el desorden del almuerzo.
Veinte minutos después, la Sra. se sienta en su reposera, mirando atenta las corridas de sus hijos, vigilando sus entradas al mar, calculando riesgos de profundidades y olas peligrosas.
El Sr. Xy llega dos horas más tarde y, tras comentar su cansancio, despliega una lona bajo la sombrilla. Instantáneamente, se duerme durante una hora. Al despertar, pregunta solícito:
– ¿Hacés mate?
La Sra. Xx busca la canasta y prepara lo necesario, sin dejar de vigilar a los chicos que van y vienen del agua a la sombrilla y viceversa.

No hay mucha más variante en los quince días que la familia ha tomado de vacaciones. Las jornadas se suceden en estos términos.
Los chicos son quienes más disfrutan, hacen lo que quieren, cuando quieren y como quieren, piden y se les da.
El Sr. Xy mira culos en la playa, lee el diario, juega al tejo con los vecinos, toma mate, come churros. De vez en cuando se acuerda de alguna mujer que alguna vez le alborotó la respiración, pero rápidamente abandona ese pensamiento que obstaculiza toda la filosofía de superación y felicidad momentánea con la que se autoconvenció hace ya muchos años.
La Sra. Xx arma y desarma almuerzos y cenas, barre la arena que se desparrama en el dúplex de alquiler, tiende las camas, lava los platos y toma sol de rebote mientras relojea a los chicos. No se acuerda de nadie en especial porque se autoconvenció hace ya muchos años que el Sr. Xy fue el único que, en una época, le alborotó la respiración.
Cada uno cumple, más o menos, el rol que le fue asignado, tanto en la salud como en la enfermedad, en la urbanidad como en la ruralidad, en la riqueza como en la pobreza, en el mar como en la montaña.
Ya no hasta que la muerte los separe, sino hasta que tanta unión termine por matarlos.

martes, 9 de febrero de 2016

Crónica de un fracaso anunciado

                                                     


¿Cómo se le dice? Ah, sí, una profecía autocumplida. Eso fue.
Nunca tuve un espíritu deportivo. Mis dos mayores logros fueron ser elegida como defensa de pelota al cesto, en sexto grado de la primaria, en un único torneo entre escuelas y el elogio de mi profe de natación: “sos una buena pechista”, aunque jamás aprendí el estilo mariposa, en espalda era un queso y en crol, mediocre.
Pero las crisis no pasan porque sí y el año pasado me propuse salir a correr.
Estimulada por las fotos de amigos, conocidos e ignotos en Facebook, viendo la proliferación de carreras, una mañana, bien temprano, cuando mis hijas ya habían salido para la escuela, rompí con la inercia procastinadora y me fui a la Plaza Rivadavia.
Empecé caminando, soy conciente de mis limitaciones. Ese primer día fue un éxito: alcancé a correr dos cuadras. Para mí, eso fue como haber escalado el Everest.
Las dos semanas siguientes fueron una cosecha de éxitos. Había logrado salir tres veces en cada semana y alternar caminata y corrida a razón de 2/4: cada cuatro cuadras caminadas, dos eran corridas. Durante 45 minutos. Sabía que no era lo ideal pero me sentía en carrera, precisamente.
Me compré un corpiño deportivo, empecé a investigar en internet y a intercambiar consejos y opiniones con corredores amateurs. Me bajé una aplicación al celular y música acorde al mp3. Le encargué zapatillas “de running” a mi hermana, en el exterior están más baratas. Mis hijas me regalaron una calza y una campera deportiva para mi cumpleaños.
La tercera semana no trajo buenos augurios. En el entusiasmo me extralimité y aumenté el desafío. Llegué a correr dos cuadras cada tres caminadas y durante una hora. Al otro día no me podía mover. Cada movimiento se volvió una tortura, hasta los más simples.
Esperé cuatro días y, creyéndome recuperada, volví a la plaza. Duré diez minutos. Mis piernas no respondían, era un mamut en una playa de arena seca. Me volví a mi casa. Dos días después, lo intenté por última vez. Si bien la pesadez no era tan notoria, no estaba disfrutando ni siquiera del aire fresco de la mañana.
Y después, ya no volví a ir.
Ahora me consuelo con la llegada del otoño, que con mejor clima va a ser mejor. Me autoengaño, me digo que una vez establecida mi rutina, definitivamente, mis horarios y actividades cotidianas, todo va a resultarme más fácil, más propicio.
En el fondo sé que no es más que otra postergación, una más para evitar verle la cara al fracaso.

domingo, 7 de febrero de 2016

Empezar un texto diciendo que desde chica no me gustan los carnavales es apelar a un lugar común. Sin embargo, me pareció la manera más sensata de empezar.
Mi disgusto tiene su origen en mi pueblo y en la infancia. Íbamos a la calle principal a ver pasar a las comparsas. Me gustaban el desfile de carrozas y los bailes. No recuerdo con nitidez si nos disfrazábamos; quizás sí, el eco borroso de mi memoria me indica que tal vez en los primeros años.
La parte odiosa venía con la espuma. Los varones nos corrían, nos atrapaban y nos llenaban la cara de espuma. Tengo la imagen de aquel que quizás haya sido el último carnaval en Gálvez al que asistí: volviendo sola a mi casa, los ojos rojos, llorando irritación y bronca, jurando no volver a pisar un corso así fuese la última fiesta en la historia de la humanidad.
Otra historia, y la misma, eran las bombitas. No me molestaba que me mojaran pero el carnaval se convertía en una caza. Siempre eran los varones que nos perseguían a las chicas y nos arrojaban globos de agua. De agua, de barro, de piedritas. Eso dolía mucho, no me divertía.
En Rosario, ya adolescente, la historia se repetía con el agregado de la gravedad: nos tiraban las bombitas de agua desde las terrazas de los edificios. Qué importaba el agua si lo que realmente dolía era el impacto.
Durante años, evité salir a la calle durante el mes de febrero.
“La rueda de la vida, gira”. Ese gesto fóbico se repite en mí, cada año, cuando mis hijas me piden que las acompañe a calle Rivadavia, las noches de corso. En mi barrio no hay desfiles, ni carrozas, ni comparsas ni disfraces. Sólo hay alguna que otra murga y una bandada de pibes. Una guerra de géneros se libra. Los varones tratan de mostrar su supremacía persiguiendo a las chicas, bañándolas en espuma. Ellas resisten y redoblan la persecución. Yo, cada tanto, ligo de rebote una lluvia de esa espuma espesa y odiosa , siempre por estar cerca del blanco elegido. Entonces, puteo y me acuerdo de aquella promesa que la maternidad me obligó a traicionar.
Debe ser por eso que tampoco me gusta febrero, ni los años bisiestos.