sábado, 4 de febrero de 2017

Loli

Llegó a Santaclarina, una tarde de verano, justo a la hora que antecede a la noche; cuando los viejos se sientan en la vereda a tomar fresco, las mujeres salen a comprar para la cena y los jóvenes se muestran.
Fue imposible que pasara desapercibido. Todos pudieron ver desplazar su humanidad, por primera vez, a través de la tintura roja del sol sobre las calles del pueblo. Su altura de apolo recortada en la luz, la escultura robusta de su torso, las piernas fuertes, las manos grandes, el pelo acariciando sus hombros y un inconfundible y definitivo vaivén de caderas. Todos pudieron verlo sin poder, sin querer resistirse al asombro.
—Soy Loli, llegué. ¿Me esperabas?—increpó en la puerta, tras dos timbres cortos a Marité que sí lo estaba esperando.
—Claro, Teresa me dijo que llegarías a esta hora. Perdón, yo soy Marité, un gusto—Loli la abrazó y lo que en un primer momento Marité interpretó como ansiedad, el tiempo le ayudaría a entender que así era la efusividad natural del joven.
Luego del abrazo presentador, la anfitriona le mostró la casa al recién llegado, la habitación que ocuparía y su futuro lugar de trabajo. La zapatería era pequeña pero tenía ejemplares que no se conseguían en otros locales del ramo en Santaclarina. La clientela aumentaba.
En uno de sus viajes de compras mayoristas, Teresa, amiga de infancia de Marité, le había hablado de Loli.
—Mirá, es un muchacho encantador, lo conozco de chiquito. Está buscando trabajo, en realidad, está intentando dejar uno que no le hace bien, en un boliche. No quiere continuar ahí, es muy sano, muy trabajador, no quiere vivir de noche y dormir de día. Una vida normal, como todo el mundo. Yo creo que en la zapatería te ayudaría mucho. Además de hacerte compañía, no sé cómo te bancás ese pueblo, Mari. Vos no tenés cabeza para vivir ahí.
No hizo falta convencerla. Aceptó sin muchos miramientos, si venía recomendado así, no hacía falta más. Luego de acordar con Teresa algunos detalles, quedaron en el día y la hora en que Loli se presentaría en su casa.
Esa noche, la estrenada convivencia terminó de asentar su confianza.
Loli y Marité conversaron como si hubieran sido dos náufragos en la isla perdida de Santaclarina. Descubrieron afinidades, similitudes y se identificaron uno en la soledad del otro. Ella era la única separada del pueblo y llevaba ese ridículo trofeo como mejor podía. No tenía amigas, las mujeres la consideraban una amenaza a sus prolijas armonías conyugales. A Marité tampoco le interesaba ese tipo de frivolidades. Con venderle sus zapatos, le bastaba y le sobraba.
No faltó mucho para que en el pueblo se corriera la voz de la llegada del forastero: horas.
De todas formas, las evidencias habrían llegado, tarde o temprano. Cada vez que salía a la calle, Loli desplegaba la contradicción entre la genética y la libertad. Todo él, toda su apronta, todo su derroche de femineidad hecha hombre, provocaban al equilibrio de la sólida estructura de valores de la sociedad pueblerina.
Loli se convirtió en el único ser en el entorno de Marité, con quien podía compartir su mirada de la vida. La carcajada se volvió tradición en la casa. Como toda diversión, pasaban las noches escuchando compactos de Charles Aznavour y tomando licor de café o cerveza, según propiciara el clima. Y riendo.
Las vecinas añosas fabricaban todo tipo de intrigas alrededor de las sonoras risas que provenían de allí, pero ninguna se atrevía a confesarlas, tan oscuras serían.
Las clientas de la zapatería aceptaban condescendientes la atención del joven pero no disimulaban su preferencia por Marité. Él lo notaba y se esforzaba por ser amable y solícito. Al final, se acomodaba a las circunstancias por el bien del negocio y su amiga.
Una tarde se presentó a comprar la esposa del intendente, clienta desde hacía mucho tiempo. Pero Marité había ido a la cocina a preparar el mate. La señora estaba apurada y no quiso esperar, estaba antojadísima de las sandalias atigradas de la vidriera. Se sentó en la banqueta y esperó a que Loli le trajera el par solicitado. Una de las tiras se resistía a ser acomodada. El joven se agachó y con delicadeza sincera, tomó el pie de la clienta entre sus manos, ofreciéndose a ubicarla en su lugar. La mujer se estremeció ante el contacto. Sonrojada, observó desde la altura de su vista, como un vigía, la espalda fibrosa, los brazos contorneados, todo ese cuerpo postrado ante sí como una ofrenda, como un esclavo. Sintió que la recorría algo lejano y a la vez conocido, que partía de la piel de su pie hacia su cuerpo entero y se extendía hasta alguna región atrofiada de su mente.
Marité volvió a la zapatería con el mate. La mujer del intendente se puso de pie, como descubierta en su pensamiento y, abochornada, se apuró a pagar.
Dos días después, un “puto” de aerosol ensuciaba la pared frente a la zapatería. Lo que Marité pensó, no se lo dijo a Loli. Con pintura blanca intentó borrar la inscripción y evitarle a su amigo la angustia, pero no pudo.
—Está profanando la casa del señor, si es tan amable, puede retirarse. El rezo es igual de benefactor desde su casa—invitó el cura párroco, la tarde en que Loli quiso ir a la iglesia, en el octavo aniversario de la muerte de su madre. Lo miró incrédulo y suplicante pero la sonrisa de santo de utilería que esbozó el religioso, fue suficiente para que el muchacho saliera llorando injusticia.
El paso del tiempo agudizó el aislamiento de Marité y Loli. Ellos se sentían acompañados pero les resultaba difícil salir del vientre de la casa y la zapatería sin sentir que todo les resultaba hostil.
La noche que encontraron a Loli muerto de un balazo en la cabeza, tirado al costado de la ruta, Marité no había podido volver a horario de su compra mayorista en la ciudad; se lo había impedido un retraso en el servicio de ómnibus. Llegó de madrugada y no tuvo dudas de que algo irreversible había ocurrido cuando no encontró al muchacho en su casa. Ni una nota, ni un aviso.
—No se asombre, señora. Ya sabemos cómo terminan los raritos—sentenció el comisario, al tiempo en que compartía una sonrisa con el cabo.
Nadie reclamó, Loli no tenía familia y Marité conocía el material con que estaba edificada la sólida estructura de valores de la impoluta sociedad de Santaclarina.
Vendió todos los zapatos que quedaban. Juntó todas sus cosas, el cofre con las cenizas de Loli y se fue.
Y así fue como, desandando el camino de su compañero, Marité llegó una tarde a la casa de su amiga Teresa. Más cobarde, más desolada, más perdida que Loli, pero con el mismo propósito: una vida normal, como todo el mundo.

1 comentario:

  1. No tengo palabras para tanta belleza narrativa aún pintando el horror de los prejuicios de una sociedad enferma como la que nos rodea, afortunadamente con honrosas excepciones y la valentía de quienes, como vos, lo denuncian.

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