viernes, 5 de mayo de 2017

Allí donde estés

Ya te bañaste, te fregaste bien la mugre con la esponja. Un buen rato estuviste bajo el agua caliente, con el chorro de agua percutiendo tu cara. Ya te vestiste, te pusiste la ropa nueva que te dejó tu mujer sobre la cama antes de irse. Te saludó cuando ya estabas en la ducha; tuvo la discreción de dejarte solo, de venir a controlar que todo estuviera en orden, que la mucama haya dejado en condiciones la casa, habitable de nuevo. Tu mujer tuvo a bien pedirle a la mucama que siguiera viniendo estos años que no estuviste. Había que mantener la casa limpia y ordenada, que a vos te gusta así, aunque no estés. Tu mujer, pensás y sonreís, ahora, mientras hacés girar el hielo del whisky en el vaso de boca ancha, con el fondo de Carmina Burana sonando al aire, ya no en los auriculares como hasta ayer. Tu mujer, pensás, que ya no es tal o sí, lo sigue siendo pero en otra casa. Porque ella sigue ocupándose de tu casa y tu vida, como todos estos años que no estuviste; hasta hoy mismo que tuvo el gesto de dejarte ropa nueva y despedirse mientras te duchabas, sin ser indiscreta, sin molestar.
Ya te acostaste en tu cama esta tarde, el mejor reencuentro de todos, sin dudas. Te dejaste envolver en una siesta mullida y con el olor a tu casa, ése que tus sábanas guardan siempre, aunque no estés. Pero ahora estás.
Te sentás a degustar el whisky, a sentir el líquido caliente resbalando por las paredes de tu garganta, conservando el calor, como un vapor subiendo a la cabeza. Nunca debiste haberte ido de este lado del mundo, pensás. Debiste permanecer aquí, donde te correspondía. No estás destinado a calabozos, esos eran lugares para otros. Ellos eran los encerrados, los que sudaban miedo, emanaban sangre y destilaban secreciones, podredumbres de sus heridas. Flojos, débiles que no soportaban el dolor, carentes de aplomo, mercachifles. Estaban los otros también, los que se creían rebeldes, revolucionarios; los que ofrecían resistencia hasta el último momento, pobres idiotas, al pedo, tanta revolución para morirse a fin de cuentas.
A vos te corresponde el privilegio, pensás, el lado del vértigo, la adrenalina, el goce de la mano que inflige, que decide destinos, que tortura y que mata. Como un dios, pensás. Para eso fuiste formado.
Para los otros no hubo adrenalina, no merecían el vértigo. Ese era un placer que les era vedado. Sobre todo en el momento de los vuelos. Se les olía el terror desde kilómetros, se les adivinaba el miedo. Animales enjaulados, bestias sin civilización ni disciplina.
Había que ponerlos en su lugar, exterminarlos.
Ahora vos volvés a tu lugar, y el trago te confirma el alivio. Te olés la ropa nueva; ya tendrá el aroma tuyo, el propio, pensás. Te viene a la memoria el tufo aquel, el de los encerrados: una mezcla fétida, indiscriminada. Sangre, pis, mierda, sudor, vómitos. La saliva pastosa se les acumulaba en la boca y se les escapaba por las comisuras. Te daba asco y por eso nunca los mirabas cuando hablaban. Te bancabas verlos aullar en las torturas pero verles la saliva en la boca cuando hablaban, no. Eso, eso en particular te daba asco.
Te preguntás si vos también tuviste esa masa uniforme de olor cuando estabas encerrado. Si la tendrás ahora que saliste, si en tu casa se te irá. El olor a cuerpo preso, un cuerpo detenido.
Te consolás, no vas a tenerlo si es que todavía persiste en tus poros. Ahora estás en tu casa, con tus jabones y tus colonias. Con tus sábanas, tus toallas, tus pañuelos. La historia te concede una revancha.
No te importa que vengan a joderte ni los zurdos, ni las viejas locas ni los políticos. Ni que te vengan a romper las pelotas con lo de aquel otro que desapareció. Hasta te parece que de acá a que te mueras vas a poder permanecer de este lado, tu casa, donde te corresponde estar por mérito patriótico.
Volviste a ganar, esta batalla al menos. La vida te dio una tregua, pensás, a tanto encierro insano. Corrés con la ventaja de disfrutar de la vida, de las comodidades de tu hogar. La ropa limpia, la comida casera, el whisky, la música en los altoparlantes, la intimidad, tu médico personal. Ya vas a planear alguna salida en unos meses, cuando se vuelvan a olvidar de vos, escondido detrás de los vidrios espejados del auto de algún amigo. Al campo, a la playa, a cualquier lado, quién lo va a notar. Nadie va a venir a decirte a vos la clase de vida que te corresponde. Justo a vos que diste todo por la patria, por el honor, la decencia, el amor a dios y la familia, el orden. Para vos son las medallas y los honores, no una celda mugrienta y olorosa, no un baño compartido con delincuentes, chorritos de morondanga, imbéciles fracasados, resentidos sociales.
La historia te está reconociendo tu labor, pensás, por eso que ahora volvés a tu casa, de donde nunca debiste haber salido.
Pensás que ahora vas a estar en paz.
Y de verdad creés que va a ser así, que te van a olvidar, que vas a gozar del beneficio de la indiferencia para hacer lo que te dé la gana.
Hay una voz que creés que no escuchás pero suena. Para vos es un murmullo, un ruido de fondo, una interferencia. Vos cerrás las ventanas, te ponés tu música pero ahí afuera, la voz permanece, suena y dice. Dice que puede ser que sí, que hoy estés en tu casa, que puedas gozar del privilegio de una cotidianidad cómoda y relajada. La voz no se calla y el grito se va a colar por las hendijas de la vigilia, en el silencio de algún insomnio inevitable. La voz parece una pero son muchas voces. Te va a gritar que no pudiste desaparecer, arrasar ni asesinar memorias, te va a advertir que quedamos miles de voces todavía y siempre, que no te vamos a conceder la indiferencia ni el olvido ni el perdón.
Esa voz, que son muchas, que es nuestra, va a volver, cada vez, y ahí, en tu casa o donde estés, te va a alcanzar.

sábado, 4 de febrero de 2017

Loli

Llegó a Santaclarina, una tarde de verano, justo a la hora que antecede a la noche; cuando los viejos se sientan en la vereda a tomar fresco, las mujeres salen a comprar para la cena y los jóvenes se muestran.
Fue imposible que pasara desapercibido. Todos pudieron ver desplazar su humanidad, por primera vez, a través de la tintura roja del sol sobre las calles del pueblo. Su altura de apolo recortada en la luz, la escultura robusta de su torso, las piernas fuertes, las manos grandes, el pelo acariciando sus hombros y un inconfundible y definitivo vaivén de caderas. Todos pudieron verlo sin poder, sin querer resistirse al asombro.
—Soy Loli, llegué. ¿Me esperabas?—increpó en la puerta, tras dos timbres cortos a Marité que sí lo estaba esperando.
—Claro, Teresa me dijo que llegarías a esta hora. Perdón, yo soy Marité, un gusto—Loli la abrazó y lo que en un primer momento Marité interpretó como ansiedad, el tiempo le ayudaría a entender que así era la efusividad natural del joven.
Luego del abrazo presentador, la anfitriona le mostró la casa al recién llegado, la habitación que ocuparía y su futuro lugar de trabajo. La zapatería era pequeña pero tenía ejemplares que no se conseguían en otros locales del ramo en Santaclarina. La clientela aumentaba.
En uno de sus viajes de compras mayoristas, Teresa, amiga de infancia de Marité, le había hablado de Loli.
—Mirá, es un muchacho encantador, lo conozco de chiquito. Está buscando trabajo, en realidad, está intentando dejar uno que no le hace bien, en un boliche. No quiere continuar ahí, es muy sano, muy trabajador, no quiere vivir de noche y dormir de día. Una vida normal, como todo el mundo. Yo creo que en la zapatería te ayudaría mucho. Además de hacerte compañía, no sé cómo te bancás ese pueblo, Mari. Vos no tenés cabeza para vivir ahí.
No hizo falta convencerla. Aceptó sin muchos miramientos, si venía recomendado así, no hacía falta más. Luego de acordar con Teresa algunos detalles, quedaron en el día y la hora en que Loli se presentaría en su casa.
Esa noche, la estrenada convivencia terminó de asentar su confianza.
Loli y Marité conversaron como si hubieran sido dos náufragos en la isla perdida de Santaclarina. Descubrieron afinidades, similitudes y se identificaron uno en la soledad del otro. Ella era la única separada del pueblo y llevaba ese ridículo trofeo como mejor podía. No tenía amigas, las mujeres la consideraban una amenaza a sus prolijas armonías conyugales. A Marité tampoco le interesaba ese tipo de frivolidades. Con venderle sus zapatos, le bastaba y le sobraba.
No faltó mucho para que en el pueblo se corriera la voz de la llegada del forastero: horas.
De todas formas, las evidencias habrían llegado, tarde o temprano. Cada vez que salía a la calle, Loli desplegaba la contradicción entre la genética y la libertad. Todo él, toda su apronta, todo su derroche de femineidad hecha hombre, provocaban al equilibrio de la sólida estructura de valores de la sociedad pueblerina.
Loli se convirtió en el único ser en el entorno de Marité, con quien podía compartir su mirada de la vida. La carcajada se volvió tradición en la casa. Como toda diversión, pasaban las noches escuchando compactos de Charles Aznavour y tomando licor de café o cerveza, según propiciara el clima. Y riendo.
Las vecinas añosas fabricaban todo tipo de intrigas alrededor de las sonoras risas que provenían de allí, pero ninguna se atrevía a confesarlas, tan oscuras serían.
Las clientas de la zapatería aceptaban condescendientes la atención del joven pero no disimulaban su preferencia por Marité. Él lo notaba y se esforzaba por ser amable y solícito. Al final, se acomodaba a las circunstancias por el bien del negocio y su amiga.
Una tarde se presentó a comprar la esposa del intendente, clienta desde hacía mucho tiempo. Pero Marité había ido a la cocina a preparar el mate. La señora estaba apurada y no quiso esperar, estaba antojadísima de las sandalias atigradas de la vidriera. Se sentó en la banqueta y esperó a que Loli le trajera el par solicitado. Una de las tiras se resistía a ser acomodada. El joven se agachó y con delicadeza sincera, tomó el pie de la clienta entre sus manos, ofreciéndose a ubicarla en su lugar. La mujer se estremeció ante el contacto. Sonrojada, observó desde la altura de su vista, como un vigía, la espalda fibrosa, los brazos contorneados, todo ese cuerpo postrado ante sí como una ofrenda, como un esclavo. Sintió que la recorría algo lejano y a la vez conocido, que partía de la piel de su pie hacia su cuerpo entero y se extendía hasta alguna región atrofiada de su mente.
Marité volvió a la zapatería con el mate. La mujer del intendente se puso de pie, como descubierta en su pensamiento y, abochornada, se apuró a pagar.
Dos días después, un “puto” de aerosol ensuciaba la pared frente a la zapatería. Lo que Marité pensó, no se lo dijo a Loli. Con pintura blanca intentó borrar la inscripción y evitarle a su amigo la angustia, pero no pudo.
—Está profanando la casa del señor, si es tan amable, puede retirarse. El rezo es igual de benefactor desde su casa—invitó el cura párroco, la tarde en que Loli quiso ir a la iglesia, en el octavo aniversario de la muerte de su madre. Lo miró incrédulo y suplicante pero la sonrisa de santo de utilería que esbozó el religioso, fue suficiente para que el muchacho saliera llorando injusticia.
El paso del tiempo agudizó el aislamiento de Marité y Loli. Ellos se sentían acompañados pero les resultaba difícil salir del vientre de la casa y la zapatería sin sentir que todo les resultaba hostil.
La noche que encontraron a Loli muerto de un balazo en la cabeza, tirado al costado de la ruta, Marité no había podido volver a horario de su compra mayorista en la ciudad; se lo había impedido un retraso en el servicio de ómnibus. Llegó de madrugada y no tuvo dudas de que algo irreversible había ocurrido cuando no encontró al muchacho en su casa. Ni una nota, ni un aviso.
—No se asombre, señora. Ya sabemos cómo terminan los raritos—sentenció el comisario, al tiempo en que compartía una sonrisa con el cabo.
Nadie reclamó, Loli no tenía familia y Marité conocía el material con que estaba edificada la sólida estructura de valores de la impoluta sociedad de Santaclarina.
Vendió todos los zapatos que quedaban. Juntó todas sus cosas, el cofre con las cenizas de Loli y se fue.
Y así fue como, desandando el camino de su compañero, Marité llegó una tarde a la casa de su amiga Teresa. Más cobarde, más desolada, más perdida que Loli, pero con el mismo propósito: una vida normal, como todo el mundo.