Escenas veraniegas de la vida familiar

El Sr. Xy llega, apoya la heladerita en la arena, clava la sombrilla y se va en dirección al mar. Se moja los pies, junta coraje y venciendo la temperatura fría del agua, va enfrentando una a una las olas hasta zambullirse por completo.
Ahora decide salir y emprende el camino de regreso, ejerciendo una leve resistencia a la presión del mar al replegarse.
Bajo la sombrilla ya está instalada su esposa, la Sra. Xx, terminando de poner el protector a cada zona de piel vulnerable al sol de cada uno de sus tres hijos. Cuando termina esta tarea y los chicos se disponen a jugar, ella se dedica a armar la mesa plegable, sacar de la heladerita los menesteres y preparar los sándwiches que conformarán el almuerzo programado para ese mediodía playero. Extrae del paquete la calculada cantidad de veintiséis rodajas de pan lactal, en función de la suma de lo que cada miembro familiar acostumbra a comer. Las unta con mayonesa e intercepta, entre cada par de rodajas, fetas de jamón y queso, proporcionándolas según las preferencias de los comensales. Luego dispone en la mesa los vasos, las servilletas y las bebidas.
Mientras todo esto ocurre, a escaso metro y medio de la sombrilla, el Sr. Xy sentado en la reposera, lee el diario bajo el sol. Solo interrumpe su lectura cuando la Sra. Xx le avisa que está listo el almuerzo.
Todos comen en armonía. Luego de los sándwiches, la Sra. Xx les reparte una fruta a cada uno y comienza a retirar las cosas de la mesita. El Sr. Xy engulle un durazno y juega con el carozo dentro de la boca.
Dos hombres de una sombrilla vecina invitan al Sr. Xy a un partido de tejo
– Me voy a jugar con los vecinos, estoy allá, fijate – le avisa a la Sra. Xx quien continúa acomodando el desorden del almuerzo.
Veinte minutos después, la Sra. se sienta en su reposera, mirando atenta las corridas de sus hijos, vigilando sus entradas al mar, calculando riesgos de profundidades y olas peligrosas.
El Sr. Xy llega dos horas más tarde y, tras comentar su cansancio, despliega una lona bajo la sombrilla. Instantáneamente, se duerme durante una hora. Al despertar, pregunta solícito:
– ¿Hacés mate?
La Sra. Xx busca la canasta y prepara lo necesario, sin dejar de vigilar a los chicos que van y vienen del agua a la sombrilla y viceversa.

No hay mucha más variante en los quince días que la familia ha tomado de vacaciones. Las jornadas se suceden en estos términos.
Los chicos son quienes más disfrutan, hacen lo que quieren, cuando quieren y como quieren, piden y se les da.
El Sr. Xy mira culos en la playa, lee el diario, juega al tejo con los vecinos, toma mate, come churros. De vez en cuando se acuerda de alguna mujer que alguna vez le alborotó la respiración, pero rápidamente abandona ese pensamiento que obstaculiza toda la filosofía de superación y felicidad momentánea con la que se autoconvenció hace ya muchos años.
La Sra. Xx arma y desarma almuerzos y cenas, barre la arena que se desparrama en el dúplex de alquiler, tiende las camas, lava los platos y toma sol de rebote mientras relojea a los chicos. No se acuerda de nadie en especial porque se autoconvenció hace ya muchos años que el Sr. Xy fue el único que, en una época, le alborotó la respiración.
Cada uno cumple, más o menos, el rol que le fue asignado, tanto en la salud como en la enfermedad, en la urbanidad como en la ruralidad, en la riqueza como en la pobreza, en el mar como en la montaña.
Ya no hasta que la muerte los separe, sino hasta que tanta unión termine por matarlos.

Comentarios

  1. Impecable. Podría llenarte de calificativos pero no es necesario, la contundencia de tu relato no deja espacio para una sola palabra más.

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    1. Este es un cuento viejo. La escena, sin el artefacto de ficción que una le agrega, la vi en una playa hace unos años. Y escenas similares vemos casi a diario.

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  2. Maravilloso... la espectacularidad de lo rutinario... :D

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