domingo, 7 de febrero de 2016

Empezar un texto diciendo que desde chica no me gustan los carnavales es apelar a un lugar común. Sin embargo, me pareció la manera más sensata de empezar.
Mi disgusto tiene su origen en mi pueblo y en la infancia. Íbamos a la calle principal a ver pasar a las comparsas. Me gustaban el desfile de carrozas y los bailes. No recuerdo con nitidez si nos disfrazábamos; quizás sí, el eco borroso de mi memoria me indica que tal vez en los primeros años.
La parte odiosa venía con la espuma. Los varones nos corrían, nos atrapaban y nos llenaban la cara de espuma. Tengo la imagen de aquel que quizás haya sido el último carnaval en Gálvez al que asistí: volviendo sola a mi casa, los ojos rojos, llorando irritación y bronca, jurando no volver a pisar un corso así fuese la última fiesta en la historia de la humanidad.
Otra historia, y la misma, eran las bombitas. No me molestaba que me mojaran pero el carnaval se convertía en una caza. Siempre eran los varones que nos perseguían a las chicas y nos arrojaban globos de agua. De agua, de barro, de piedritas. Eso dolía mucho, no me divertía.
En Rosario, ya adolescente, la historia se repetía con el agregado de la gravedad: nos tiraban las bombitas de agua desde las terrazas de los edificios. Qué importaba el agua si lo que realmente dolía era el impacto.
Durante años, evité salir a la calle durante el mes de febrero.
“La rueda de la vida, gira”. Ese gesto fóbico se repite en mí, cada año, cuando mis hijas me piden que las acompañe a calle Rivadavia, las noches de corso. En mi barrio no hay desfiles, ni carrozas, ni comparsas ni disfraces. Sólo hay alguna que otra murga y una bandada de pibes. Una guerra de géneros se libra. Los varones tratan de mostrar su supremacía persiguiendo a las chicas, bañándolas en espuma. Ellas resisten y redoblan la persecución. Yo, cada tanto, ligo de rebote una lluvia de esa espuma espesa y odiosa , siempre por estar cerca del blanco elegido. Entonces, puteo y me acuerdo de aquella promesa que la maternidad me obligó a traicionar.
Debe ser por eso que tampoco me gusta febrero, ni los años bisiestos.

8 comentarios:

  1. "De agua, de barro, de piedritas" y te faltó de pis...lamentablemente yo conocí a uno que hacía eso (?)

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  2. Tenemos algunas diferencias sobre la visión del Carnaval.
    Debe ser la diferencia de edad. En mi época tiraban serpentinas.
    Casi no me acuerdo de las bombitas de agua.
    Justamente ayer, hablábamos de nuestros recuerdos de los corsos.
    El mio era de Av de Mayo y el de Julio de Liniers.
    Para mí eran alegres y divertidos. Supongo que la edad temprana te los hace recordar como algo perdido.
    Y los mejores que recuerdo, son los de La Plata y los de City Bell

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    1. Sacale el agua y la espuma y estoy encantada.

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  3. Yo recuerdo la sensación de terror al tener que atravesar el pueblo en febrero, corriendo y escondiéndome de los grupitos de pibes con bombitas. Me sentía vulnerable y tonta, y además lo percibía como una clase de acoso en la que por ser mina la teníamos más complicada. Pasó el tiempo, ahora los "cuarenti" y el ser madres nos vuelven invisibles para esas cosas. Extrañamente, lo interpreto como una nueva faceta de lo mismo.

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    1. Vulnerable y tonta, esa es la sensación exacta. Gracias.

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  5. De los carnavales de mi niñez, en el límite entre Constitución y Barracas, recuerdo la "guerra de baldazos" que se armaba a la hora de la siesta y en la que participaban tanto los chicos como los adultos, varones contra mujeres, donde éstas eran mayoría, —los hombres estaban en sus trabajos—, y casi siempre perdíamos.

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